Pensar con un lápiz y un papel

Enfrentarse al papel en blanco supone mirar a un precipicio, pero ¿cómo hacerlo sin caer en el pánico? o ¿sin idealizar el vértigo?

Durante nuestra infancia, la relación que se generaba entre un lápiz y un papel nunca suponía un conflicto. Estarás de acuerdo conmigo en que tan pronto como podías, habías llenado el papel de líneas y garabatos; y, entrados los primeros años, las primeras representaciones figurativas -cómo no- cargadas de historias, emociones y sentimientos. Pero poco a poco, como dilatándose en el tiempo, esa relación entre ambos se torna problemática. Ya no te relacionas con el lápiz y el papel, sino, más bien, te enfrentas a ellos. Definir la delgada línea entre el miedo que paraliza y la insensatez que empuja, está en entender las dificultades como retos. De ahí que os traiga esta reflexión: cuándo, cómo y por qué aprender a pensar con un lápiz y un papel.

CUÁNDO
En el momento en el que las personas comenzamos a perfeccionar el pensamiento crítico y la reflexión (y no hablo de etapas de madurez adulta, sino de las propias crisis de la adolescencia y post-adolescencia), un simple trozo de papel puede ser una ventana abierta hacia el interior de un cerebro que construye realidades, esquemas mentales, sueños…

CÓMO
Conseguir que esa ventana se abra es todo un misterio. Cuántas veces nos encontramos con jóvenes que dicen no haber dejado de dibujar nunca y la mayoría de veces son las excepciones dentro de sus iguales. Lo común es encontrar personas que sin titubear dicen “yo no sé dibujar” si les pides que describan en un dibujo su hogar, pero por el contrario, si se trata de que lo hagan escribiendo, rápidamente toman lápiz y papel y comienza la escritura. ¿Qué ocurre entonces con el dibujo? ¿qué puente ha caído entre el pensamiento y el dibujo para que se haya roto la comunicación que generan entre ambos?

POR QUÉ
La comunicación es, sin duda, la herramienta más significativa de supervivencia y evolución de las personas. En ella, el acto de dibujar genera estadios de comunicación a distintos niveles: prácticos, éticos, intelectuales, trascendentales, emocionales… y es innegable el potencial resolutivo que tiene para gestionar realidades tanto simples como complejas. Sin entrar en debates que no vienen al caso, sí que es importante evidenciar cómo nuestra sociedad y el sistema educativo, desde hace décadas, deja de lado la cuestión del desarrollo de las capacidades artísticas potenciando más otras -que también son necesarias-. Por esta razón, nos encontramos con generaciones que asumen no poder comunicar -ni comunicarse- mediante el dibujo como lenguaje, porque no se ha trabajado con ellas para mostrar que el dibujo es una herramienta con un altísimo potencial de desarrollo del pensamiento (porque, qué es sino el pensamiento, más que comunicación…). Se ha desterrado la capacidad artística hacia concepciones de lo decorativo para contener -por no decir, anular- su fin: generar y transmitir ideas, captar e interpretar realidades y cuestionar cuanto nos rodea.

Acercar, facilitar u ofrecer momentos de creación mediante el dibujo es posibilitar estados de pensamiento, de autoconocimiento que genera así situaciones de reto en las que la observación de una problemática, su análisis, el diseño de una estrategia y la actuación mediante ella (y en bucle), resuelven cuestiones mediante el desarrollo cognitivo. Esto deriva en un diálogo en constante equilibrio entre la satisfacción y el inconformismo, características propias de aquellas personas que no temen caminar sobre un mar de nubes, personas que se asoman al precipicio cada vez que se sientan a pensar/dibujar con un lápiz y un papel.

rocio texeira  Rocío Texeira

Profesora de EADE en los grados de Diseño

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